Espíritu Santo | Ven Espíritu Divino

June 6, 2019

 

Espíritu Santo | Ven Espíritu Divino
Letra: Secuencia de Pentecostés, adaptación de Pablo Coloma

Música: Pablo Coloma
Adaptación y producción : Fundación Canto Católico

 

Esta canción, compuesta por el chileno Pablo Coloma, es una adaptación de la Secuencia de Pentecostés, una oración tradicional de la Iglesia que clama para que el Espíritu Santo venga en auxilio de la humanidad profundamente necesitada. Muchas son las situaciones de sufrimiento que se recogen en esta preciosa oración: pobreza, desconsuelo, cansancio, llanto, vacío, culpa, suciedad, sequedad, enfermedad física y psíquica, rigidez, frialdad y extravío. ¿Quién está libre del dolor? La condición humana está íntimamente ligada a todas estas expresiones de una naturaleza que quedó herida de muerte tras el pecado de los primeros padres. Como una hermosa basílica que ha quedado en el suelo tras un terremoto, nuestra naturaleza ha quedado en ruinas, a la espera del Único que es capaz de reconstruirla.

 

Es justamente desde las ruinas de nuestra humanidad, simbolizadas en el silencio inicial, que surge un ruego desde lo hondo: “Ven Espíritu”. Las voces masculinas, con su gravedad y con el unísono, tratan de escenificar la profunda necesidad de Dios. Luego se suman las voces femeninas, que con su tono agudo manifiestan la urgencia de la necesidad de Dios, de modo que el clamor ya no sólo es hondo, sino también amplio. El estilo del canto, inspirado en los ostinatos de Taizé, favorece la creación de una atmósfera de recogimiento y oración. Las voces entran lentamente, y se van sumando siempre en intensidad piano, como velas que se van uniendo en medio de una densa oscuridad. La actitud es de humildad: se está clamando la venida del Espíritu Santo, en pequeñez, en la pobreza de nuestra humanidad.

 

Para resaltar aún más esta pobreza, la canción ha sido ejecutada en el formato a capella. La voz, desvestida de los instrumentos musicales, expresa con justicia la belleza singular del género humano, pero también su gran debilidad. Es una voz limitada, que necesita callar y respirar para volver a emitir sonido. Es una voz que se cansa, que va perdiendo su calidad debido al esfuerzo que implica. Y es una voz inexacta, que desafina, que pierde el tono: de hecho, si es escucha con atención, puede notarse que la tonalidad con que termina la canción es más grave que la inicial. Ninguna de estas características de la voz fue evitada en esta producción: nos hemos abstenido de usar efectos digitales complejos para que así se manifieste mejor la pobreza de nuestra condición humana.

 

Desde este mar de clamores emerge una voz dulce que entona el contenido de la súplica humana: “¡Ven Espíritu Divino, manda un rayo de tu lumbre desde el cielo!” No se trata de una entrada triunfal, no es un aria operática. Es una voz que surge de entre las demás, con humildad, con recogimiento, como un pobre que ruega por una moneda. No hay competencia entre las voces del mar y la solista, pues todas están hechas del mismo barro.

“No hay consuelo como el tuyo, dulce Huésped de las almas, mi descanso”. El mar de súplica levanta la voz, cantando a unísono este reconocimiento: que de entre todos los consuelos ninguno se compara al que regala el Espíritu Santo cuando éste mora en el alma. La necesidad urgente de su consuelo se manifiesta en la nota más aguda de la solista, que se mantiene en una larga nota que dura más de la mitad del compás.

 

“Suave tregua en la fatiga, fresco en horas de bochorno, paz del lla